jueves, 19 de agosto de 2010

Parábola de los tres árboles jóvenes


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Un día en un bosque, tres árboles jóvenes acordaron orar a fin de que los usaran en algún propósito noble en lugar de podrirse de viejos.

El primer árbol quería convertirse en un pesebre donde las reses cansadas comieran después de un largo día de trabajo. Dios recompensó al árbol por tener tanta modestia. Se convirtió en un pesebre muy especial, aquel en el cual acostaron al hijo de Dios.

El segundo árbol oró y pidió convertirse en una barca. La oración fue contestada y pronto su fina madera tenía un pasajero muy especial, el hijo de Dios. Escuchó a Jesús calmar una furiosa tormenta diciendo: “! Silencio! ¡Cálmate!”. El árbol consideraba que su vida valía la pena por haber presenciado tal escena.

Al tercer árbol, sin embargo, lo convirtieron en una gran cruz para servir como un instrumento de sufrimiento. Al principio, el árbol estaba muy desilusionado por su destino. No obstante, un día clavaron en sus ramas a Jesús de Nazaret. Era extraño, pero la cruz no escuchó gemidos ni maldiciones como otras cruces. En lugar de eso escuchó al hijo de Dios ofrecer palabras de amor y perdón divino… palabras que abrieron el paraíso a un ladrón arrepentido.

El árbol entonces comprendió que su parte en la crucifixión de Jesús proporcionó la salvación de la humanidad.

En la Iglesias clandestinas a través de Europa oriental, la parábola de los tres árboles se contaba a menudo como aliento para los que sufrían por su fe. Esos creyentes necesitaban ver un propósito en sus sufrimientos. Deben haber tenido esperanzas y aspiraciones muy grandes cuando en un inicio dijeron que querían que Dios los utilizara para su gloria. Sin embargo, la opresión parecía que los había desconectado de los planes de Dios. ¿Cómo el sufrimiento injusto jugaría un papel en tales planes? Como el árbol que formó la cruz, se dieron cuenta que también los estaban moldeando al propósito fundamental de Dios para sus vidas. Desde esta perspectiva, el sufrimiento no se ve como una interrupción de los planes de Dios para nuestra vida, sino una parte integral del proceso.





Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Romanos 5:3-5
La fe que vence los instintos




Hay un número de espectáculo que nunca falta en un circo. Y es aquel de los leones que saltan por unos aros de fuego. Los leones saltan grandes distancias para pasar por esos aros. Según los veterinarios, uno de los instintos de los animales con pelo es alejarse del fuego, porque saben que pueden quemarse con facilidad, llevándolos a la muerte en cuestión de pocos minutos. Pero entonces, ¿cómo logran que los leones salten entre las llamas de fuego? Siempre hemos pensado que era el resultado de largas horas de entrenamiento. Que por medio de entrenamiento constante, lograban vencer los instintos.

Pero según los entrenadores, no importa cuánto se entrene a un animal, éste nunca podrá correr hacia el fuego. Y entonces, ¿qué es lo que los impulsa a hacerlo? Es la fe que ellos ponen en su entrenador. Antes de dirigirse hacia el fuego, el animal mira los ojos de su entrenador. Y puestas su fe en él, puede correr.

La fe tiene el poder de vencer hasta nuestros propios instintos. Aunque se trate de algo que nuestros instintos rechaza, si tenemos fe, tendremos la fuerza para correr hacia el fuego. Delante de nosotros nos esperan grandes tribulaciones y dificultades. También se levantarán las adversidades para impedir nuestro avance. Pero justamente, la fe tiene el poder que nos permite vencer y superar todas esas dificultades. Por eso debemos creer.
Puesto los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.


Hebreos 12:2